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noviembre 5, 2018

Qué lata tener 90, Manuel Felguérez

El pintor y escultor zacatecano considera que el cisma es el único camino para el arte; a sus nueve décadas de vida, trabaja siete horas diarias y conserva intactos la memoria y el buen humor

ZACATECAS.

Todos los días, Manuel Felguérez (1928) se mete siete horas al taller: cuatro por la mañana y tres por la tarde, para recibir la noche. “A las dos en punto abandono lo que sea y voy por mi tequila, ¿por qué crees que estoy llegando a los 90”, dice el pintor y escultor que conserva intactos la memoria y el sentido del humor.

Felguérez es un grueso roble que sigue creyendo en la renovación; que, al igual que enarbolaba la llamada Generación de la Ruptura, sigue viendo en el cisma el único camino para el arte.

“Los 90 no es una virtud, es un defecto, porque uno es el mismo, pero sus capacidades de hacer disminuyen; y ya no dice uno ‘qué bueno que todavía puedo, sino qué lastima que ya no puedo’. Hay una parte positiva y otra negativa. La positiva tiene mucho que ver con que tantos años me han dado tiempo de hacer muchas cosas. ¿Cómo me siento?, pues muy contento por un lado, pero por otro digo, chin, qué lata tener 90”, cuenta el artista en su natal Zacatecas, justo en el museo que lleva su nombre.

Felguérez cumplirá 90 años el 12 de diciembre próximo. ¿Es usted muy guadalupano?: “Eso es, como todo, pura suerte”, responde. El artista se cree un afortunado al que le ha tocado protagonizar y conocer de primera mano buena parte de la historia cultural mexicana de la segunda mitad del siglo XX y lo que va de este. Pero es también un incansable trabajador que anda por sí mismo con la ayuda sólo de un bastón; un entusiasta de casi todo lo que hacen los artistas más jóvenes y un convencido de que en el arte hay que buscar el cambio, la transformación.

“Artísticamente sigo produciendo y cuando produzco nunca sé, ni ahora ni cuando empecé, si estoy haciendo una cosa maravillosa o una porquería; no sabe uno, uno hace lo que siente. Cada vez que hago una obra digo: ‘esta será la mejor de mi vida’, pero al final digo: ‘pues no fue tan buena, pero ahora sí voy a hacer la mejor’. Uno siempre está en una lucha por superarse; como he tenido suerte, es en la relación con la sociedad y con el público que te das cuenta si lo que haces ha servido de algo o de nada. Yo tengo tanta suerte que me ha servido por lo menos para fotografiarme, todo mundo se quiere fotografiar conmigo”, dice mientras sonríe.

A Felguérez le tocó emigrar a la Ciudad de México siendo un niño. Aquí, lo apuntaron en los Scouts de México, donde tuvo como compañeritos a Jorge Ibargüengoitia y a Juan García Ponce. Siendo un jovencito se inscribió en la Academia de San Carlos, pero la primera ruptura, quizá la que más marcó su vida, sucedió cuando renegó del fuerte arraigo que tenía la Escuela Mexicana de Pintura en la enseñanza del arte y decidió abandonar los estudios. El arte, sin embargo, había tocado a la puerta: Felguérez continuó estudios en la UNAM, en La Esmeralda y en escuelas de París; de regreso se convirtió en protagonista de la primera generación de artistas abstractos mexicanos.

“Empecé como escultor. Antes había estudiado taxidermia y me fue muy fácil el brinco, ya que estaba haciendo y exponiendo escultura, dije ‘¿y por qué no pinto?’, y me puse a pintar. Entre los compañeros y la generación que ahora llaman de Ruptura nos conocíamos todos, no era tan grande México. Ahí estaban los que hacen teatro y aparece Alejandro (Jodorowsky) y me dice: ‘oye, vente conmigo, vente a hacer escenografía’. Hice más de 30 escenografías con Alejandro, luego hicimos una película y trabaje con él en La montaña sagrada. Cuando nace la danza moderna en México, que es en los 50, también hice escenarios para bailarines, fui amigo de todos los bailarines y bailarinas (risas…), igual con los escritores”, cuenta.

EFERVESCENCIA

Por los años en que Felguérez comenzaba a despuntar como artista, México era un hervidero intelectual. En los recuerdos del maestro están Juan Rulfo, a quien “oí contar lo que despúés sería El llano en llamas y Pedro Páramo”; y Octavio Paz, “que me ayudó mucho en la vida, con becas y esas cosas”, pero también los hermanos García Ponce, Salvador Elizondo y Juan Vicente Melo.

Una vez que habían renegado del nacionalismo en el arte que promulgaba el muralismo, artistas como Felguérez, Lilia Carrillo (con quien se casó en 1960), Pedro Coronel, Enrique Echeverría, Alberto Gironella, Vicente Rojo, Arnaldo Coen y Fernando García Ponce, fueron identificándose como una generación. José Luis Cuevas se adjudicaría la autoría de La cortina de nopal (aunque una investigación de Excélsior -06/07/2016- reveló que el galerista José Gómez Sicre actuaba como su ghostwriter), el artículo que apareció en el suplemento México en la Cultura de Fernando Benítez, donde respondía a David Alfaro Siqueiros sobre su célebre frase “No hay más ruta que la nuestra” y la Generación de la Ruptura acabaría imponiendo sus argumentos.

¿La Ruptura finalmente venció al nacionalismo? “No es que lo venciera, es que el arte siempre es ruptura. Cuando llegaron los españoles rompieron con el arte prehispánico y eso no quiere decir que haya sido superior, era otro. Luego hicieron altares barrocos y que llega la Revolución francesa y sale la arquitectura neoclásica, y empiezan a destruir lo barroco. Luego sale la academia en pintura y viene la Revolución y acaban con todo. Sale el arte nacionalista mexicano y de repente sale una nueva generación, que somos nosotros, pero todos tuvieron que romper con el anterior”.

¿Qué papel jugó Gómez Sicre en todo? “Era director de una oficina de la OEA con sede en Washington, en el hall hicieron una galería y él la dirigía. Cuando te invitaban a exponer era la primera vez que lo hacías en EU, pero no tenía más trascendencia que otras 20 galerías en las que yo expuse. Tuvo una cercanía muy especial con Cuevas: la voluntad de promoverlo por toda Latinoamerica, porque era muy bueno, pero también porque producía un dibujo diario. Gómez Sicre dijo ‘qué bueno que me cayó Cuevas’, pero no creo que haya un segundo mexicano que te diga que Cuevas existe gracias a Gómez Sicre. Era un director de una galería y punto”, detalla.

¿Qué opina del éxito de Frida Kahlo? “Para nosotros Frida era una más y nadie diría que era una gran pintora, pero a cambio de eso tiene una biografía extraordinaria, lo que pegó fue la biografía. Una vez que empezó a hacerse famosa, aparecieron muchas pinturas que ni conocíamos. Tiene muchos valores, sobre todo surrealistas y mexicanistas, que la hacen ser una muy importante figura. Tiene una obra chiquita, es poquita; le costaba pintar por su estado físico. Lo que hay está bastante bien acaparado, sobre todo por la fundación de Dolores Olmedo”, agrega.

Felguérez prepara la exposición con la que festejará sus 90 años: una serie de cuadros de gran formato que serán expuestos en el MUAC; también reinaugurará una obra al aire libre del Museo de Arte Moderno y presentará un libro que reúne su obra pública.

Con todo, el artista aclara que sólo entra siete horas diariamente a su taller, “porque soy medio flojo. Me despierto temprano, desayuno, y a las diez estoy en el taller. A las dos abandono y luego descanso un rato, leo el periódico, porque no me gusta la luz de la tarde para trabajar. Y arrancó otra vez a las seis y siempre trabajo por lo menos de seis a nueve. Bueno, cuando no tengo vida social, que es la cosa más horrible y que te quita el tiempo; si en la tarde tengo que ir a una cena, ya me echó a perder la mitad del día”, concluye.

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