José Sarmiento Bravo, Director General in Memoriam

Ayotzinapa provoca compasión efusiva; presentarán hoy un nuevo libro

CIUDAD DE MÉXICO.

Ayotzinapa no es Tlatelolco”, afirman los investigadores y ensayistas Fernando Escalante Gonzalbo y Julián Canseco Ibarra, autores del libro De Iguala a Ayotzinapa. La escena y el crimen, que se presentará hoy en la librería Gandhi Mauricio Achar, con el que revisan la relación entre ambos hechos, así como su construcción simbólica en el imaginario colectivo a partir de informes, noticias y análisis que nacieron desde el corazón de la cultura antagónica, esa cultura que asoció de forma incorrecta la noche de Tlatelolco con lo ocurrido en Ayotzinapa.

La idea por la que ambos hechos fueron asociados, explica Escalante Gonzalbo a Excélsior, se debe a dos hechos: a la existencia de una cultura antagónica que siempre desconfía de las instituciones, y al hecho de que el orden cultural encargado de analizar ambos hechos no ha cambiado en los últimos 60 años, es decir, no se han modificado los instrumentos para interpretar la realidad en todo este tiempo.

Recordemos que habían pasado pocos días después de la desaparición de los muchachos en Ayotzinapa, antes de que se supiera qué había sucedido y ya aparecía la asociación o la identificación con Tlatelolco”, apunta el investigador del Colegio de México y también autor de Ciudadanos imaginarios.

 

Pero la realidad es que entre ambos hechos no hay mucho en común. Son tantas las diferencias entre un caso y otro, que llama la atención por qué la identificación que después se consolidó hasta ser prácticamente automática”, reconoce.

Y a partir de esta idea, lanza una explicación que podría justificar el origen de esta imposible asociación entre Ayotzinapa y Tlatelolco.

Nosotros aventuramos una conjetura al final del texto y es el hecho de que llevábamos casi 10 años de ver asesinatos, masacres, fosas clandestinas y cuerpos mutilados cada día en la prensa, pero no habíamos podido siquiera compadecernos públicamente de tanta muerte, porque, en el lenguaje habitual, eran los narcos que se peleaban entre sí.

 

Entonces se valía compadecerse. No había piedad. Pero existía un gran peso y una profunda tristeza colectiva.

 

Este caso ofreció una posibilidad de compadecerse, porque eran puramente víctimas, estudiantes y no culpables de nada. Entonces, todo el dolor y la tristeza de ver cadáveres durante 10 años desembocó en un movimiento de compasión muy efusiva. Es una conjetura. Pero posiblemente explica por qué la efusividad con el caso y dicha comparación”, explica.

El volumen, que es publicado por la editorial Grano de Sal, también recuerda que la sociedad mexicana se alimenta de una cultura antagónica que desemboca en la falta de credibilidad en la versión oficial de los hechos.

 

 

La cultura antagónica es una herencia del régimen revolucionario y postrevolucionario, una automática desconfianza hacia cualquier cosa que digan las autoridades o que éstas establezcan. Es esa especie de desconfianza hacia las versiones oficiales”, explica Escalante.

Dicho mecanismo produce un vacío en el imaginario colectivo, el cual se llena con especulaciones y conjeturas.

¿La cultura mexicana es antagónica por naturaleza? “La cultura antagónica se creó durante el régimen revolucionario y con el estudio y el conocimiento de la historia patria, porque la historia del país, tal como nos la han enseñado en la primaria, es siempre la historia de las luchas heroicas del pueblo mexicano en contra de autoridades tiránicas, contra el gobierno de los españoles, contra Maximiliano, contra Porfirio Díaz.

Y esa misma estructura es la que se mantiene después del 2 de octubre de 1968. La cultura antagónica está muy arraigada en nuestra manera de entender la historia de México que supone las luchas del pueblo en contra de autoridades opresivas. Ésa es la cultura antagónica”, apunta.

¿Qué concluiría sobre esa comparación entre Tlatelolco y Ayotzinapa? “Esa identificación no ayuda en nada a que podamos aclarar lo que sucedió. Porque la distancia entre los dos hechos es enorme y no hay punto de comparación.

Además, al establecer esa analogía, se borran todas las características concretas del episodio de Iguala y dejarlo reducido a estudiantes que son masacrados por el estado. En ese momento, se pierden de vista todas las características concretas del hecho en Iguala y no ayuda a entender ni a evitar que en el futuro sucedan hechos similares”, concluye.