José Sarmiento Bravo, Director General in Memoriam

Arte y Haikú en Yoko Ono

CIUDAD DE MÉXICO.

Más de 200 ejercicios de acción artística y poética de la artista visual Yoko Ono (Tokio, 1933), que escribió en Pomelo (Grapefruit, en inglés) son rescatados por la editorial Alias para mostrar aquel proyecto curatorial de 1964, traducido al español seis años después en una edición de escasa circulación, donde conjuntó su proyecto de imaginación, contemplación y libertad más ambicioso.

El libro –que será presentado en febrero en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM) virtual– es un objeto vivencial, explica a Excélsior el editor Damián Ortega, “en el cual invita al lector a hacer una pintura, a sentir frío, respirar, a sentir el calor de un cerillo o a imaginar y quedarse despierto durante la noche. Son invitaciones a vivir”, aunque en el fondo es un libro conceptual, influido por el mundo del haikú, con el que cuestiona la crisis del arte.

PUBLICIDAD

En estos textos, Yoko Ono hace una invitación a contemplar, a ver, sentir y a humanizarnos en muchos sentidos, a partir de la percepción, afirma Ortega.

 

 

PlayvolumeTruvid01:37Ad
También tiene una actividad política muy compleja y con situaciones muy agresivas, poéticas y fuertes. Un ejemplo son sus películas, que fueron tremendas. Por ejemplo, Rapto, donde hay una persecución de una chica por la calle y es asediada por la cámara para darle lectura a una especie de acoso sexual con la cámara.

Pero también lo hizo con otras obras en acción, como Cut piece, de 1964, donde la artista permanecía sentada en un escenario mientras que cada espectador cortaba pedazos de su ropa con unas tijeras hasta exponer su cuerpo, “lo cual me parece de una violencia poética muy fuerte, sin dejar de lado su lectura de un arte en crisis o de una crisis social, con recursos austeros y de una contundencia política brutal”, explicó.

Para Ortega, Pomelo también tiene que ver con el tiempo y la memoria. “Me gusta esa idea de cómo inventar un espacio y reentenderlo; es muy interesante a la hora en que lo estás leyendo puedes salir de tu espacio cotidiano, de tus deberes, incluso como una forma de entender las cosas y llegar a otro espacio con pocas palabras, como un haikú. Es la contemplación, la observación de la naturaleza, del tiempo, la mecánica y a partir de ese punto intenta destapar otro universo”.

Como cuando escribe su Pieza de luz: “Llevar una bolsa vacía. / Subir a la cima de un monte. / Meter en la bolsa toda la luz que se pueda. / Volver a casa cuando oscurezca. / Colgar la bolsa en el medio de la pieza / en vez de lamparita eléctrica”.

 

O cuando reflexiona sobre sus preocupaciones artísticas: “La gente habla sobre happening. Dicen que el arte se inclina en esa dirección, que el happening es la asimilación de las artes. Yo no creo en el colectivismo del arte ni en tener una dirección única en nada. Creo que es hermoso volver a tener diferentes artes, incluido el happening, así como es lindo que haya muchas flores”.

También hay dibujos, preguntas, reflexiones, cuestionarios, cartas y referencias a Marx Ernst y la explicación al título de este libro: “Pomelo es un híbrido de limón y naranja”, que parece hacer referencia no sólo al carácter híbrido del arte, sino de sí misma como un ser híbrido, desde el punto de vista espiritual

¿Cómo leer este libro para un ojo inexperto en el terreno del arte contemporáneo?, se le cuestiona a Ortega. “Hay que leerlo dejándose flotar y llevar por el flujo de su propia narrativa y sin prejuicios, tal como lo leería un niño. Es el mejor contexto para leerlo, porque hay que escucharla a ella y no a uno mismo, sino dejar que ella te lleve y te muestre una parte nueva de ti mismo y de cómo lo vives”.

Yoko Ono empezó su práctica artística en Japón, a principios de los años cincuenta. Su primer acercamiento al arte estuvo ligado al grupo Gutai, uno de los colectivos artísticos más importantes de la posguerra, cuyas creaciones de tipo experimental influenciaron la escena artística contemporánea, particularmente en el performance, el happening y la instalación.

Pero al trasladarse a Nueva York, en 1952, Ono se integró a Fluxus, un colectivo fundado por George Maciunas que buscó generar nuevas formas artísticas que no se centraran en la producción de objetos, sino en la acción y la participación activa del público.