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noviembre 14, 2017

Neblina morada|La voz de la novela

Leer novelas es desnudar lo perentorio. Un género tan popular reviste la necesidad de otredad en nuestra especie. La novela ha sabido persistir en su propia agonía; ha construido su propio resurgimiento una y otra vez. Y cuando parece que es su ocaso, algo la revitaliza. Hoy día, por ejemplo, se sumerge en el ámbito de la frivolidad y la comercialización relegada a simple producto donde la moda son los temas de drogas, sectas pseudorreligiosas, el mundo mediático, la sociedad criminalizada y el costumbrismo hueco de nuestros días.

Ni siquiera el riesgo de la experimentación formal de los 60 y 70 aparece, pero vende. La novela actual se ha convertido en un sucedáneo del cine, dice lo mismo por otros medios, sin su eficacia. Captura su espectacularidad e inmediatez. Copia el sentido de oportunidad y no sólo se sirve de sus recursos técnicos. Hay una crisis de la novela como en otros tiempos. Tanto los narradores maduros como los nóveles acuden incesantemente a la fórmula aceptada por las editoriales: Novelas de narcos, de culto al satanismo, de serial killers, del crimen en todas sus formas, sustituyen la busca  existencial o la dimensión política de antaño. La crónica y la historia fugazmente emergen también. Nadie apuesta por proyectos ambiciosos meditados y madurados al margen del marketing. La novela total está proscrita. Las sagas ambiciosas de un aliento de años, igual. La literatura latinoamericana se ha desgastado en los resabios del Boom y del realismo mágico. Los iconos han envejecido: Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, dan pena. Los jóvenes no hallan un asidero tampoco. La novela tiene su trampolín en la extraterritorialidad, en los excéntricos, en la periferia.O, en autores como Lobo Antúnes, Tario, Pitol, Tabuchi, Auster, Joytce Carol Oates, Coetzee, que se concentran y sostienen sistemas cerrados, enfrascados en proyectos singularísimos y en una fresca revisión de sus propios procesos narrativos,  en la mezcla de los géneros o en su ausencia total.

Creo que algunas apuestas novedosas han envejecido: RayuelaLa ciudad y los perrosLa muerte de Artemio CruzCien años de soledad, perdieron su novedad, su perspectiva innovadora, su transgresión. Es la hora del derrumbe de los ídolos. Y José Saramago va hacia allá. Sombras de sí mismos. Uno los leyó en una etapa, y hay que evolucionar. Kafka, Broch, Lernett Holeyna, Danilo Kis, Roth, Kapek, Berhand, en mi ideario son más poderosos. La novela debe recuperar su capacidad de medium, de Caronte, de heraldo entre los mundos, y dejar su nomenclatura de udis, remesas, y cetes…

La voz de la novela urge revestirse de lo innombrable; atisbar incluso sin miedo en lo aparentemente perdido. Deconstruirse a sí misma, y volver acaso a la historia, atreverse a la autonomía solipsista (que tarde o temprano produce ecos como Kafka) reflexiva (como Sartre o Kundera) monologante, (como Bernhand) aislada( como Francisco Tario),delirante (como la saga de Musil) experimental (como Joyce y sus exigencias intelectuales) inaccesible de su propia voz incorpórea. Flaubert hablaba de un libro sobre nada, que se sostuviera solo en el lenguaje y el estilo. Proust intentó revertir el sentido del tiempo y de la historia. Kafka hizo suyo un ámbito inclasificable, y se adentró en el inexpugnable mundo onírico. Es menester oír la voz de la novela. Eludir lo frívolo, lo urgente, lo comestible; eludir, en suma: la puta que se come las palabras.

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