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mayo 15, 2018

“Memorias de un maestro”

Jamás le pregunté su nombre y no quise indagar cómo se llamaba, simplemente sabía yo que él era profesor, y era uno de mis asiduos clientes que solía en determinado tiempo llevarme su auto a mi taller para efectuarle la revisión periódica de sus frenos. Su figura era espigada, sus lentes sobresalían de su ya fatigado rostro, si acaso oscilaba entre una edad de 50 a 58 años, qué a decir verdad, no se veía muy veterano. Sus manos si denotaban el paso del tiempo, las manchas de su piel eran más notorias y sus pliegues se acumulaban sin hacer sobresaltar sus venas. La mayoría de las veces siempre llegaba a mi centro de trabajo y observaba de una forma interesante, veía cómo y de qué forma yo le daba mantenimiento a su auto. Al finalizar, siempre sonreía y me daba una palmada en mi espalda al tiempo que me decía, “eres muy bueno en lo que haces” ¡te felicito! rápido y a buen precio, posterior a ello nos despedíamos. Cierto día, cuando la alborada fecunda la mañana y sobre sale el astro rey en el horizonte, llegó él nuevamente a mi taller, yo gustoso lo recibí, creí que sería una de esas tantas veces en donde se repetía la misma historia, yo dándole servicio a su auto y él con pocas palabras observándome según el ritual que cada ocasión nos lo permitía. Se sentó en una silla justo enfrente de mi escritorio, me vio de arriba abajo, posó su mirada sobre mi pequeño librero donde resguardo infinidad de literatura, respiró profundo y se quitó sus gafas. Con su mano izquierda sacó de entre sus bolsas una pequeña tela con la cual limpió sus anteojos y nuevamente se los puso. Y con una voz melancólica me cuestionó- ¿Maestro, Ud. que haría si le dijeran que ya no podría seguir reparando autos, o que le quitaran todos sus libros?- ¡A caray! Me quedé perplejo ante tal eventualidad, jamás me había puesto a pensar en esa posibilidad. ¿Pero? ¿A qué venía semejante interpelación?
Y entonces surgió su relato:
-Mire mi amigo, me dirijo a Ud. que le tengo la confianza de contarle mis penas- unas lágrimas comenzaron a rondar por su faz, lentamente se le escurrían por su pálido rostro. Y continuó su narración.
Durante muchos lustros me he dedicado a la formación de pequeños, soy maestro rural, y estoy ya en la recta final de mi carrera. Me levanto a las 5:30 a.m. preparo las cosas que me han de servir para enseñar a mis niños, lleno mi botella de agua de dos litros y alisto mi maletín donde llevo la mayor parte de mi material de enseñanza. Posteriormente, en mi auto me traslado a una comunidad que está ubicada en las faldas del cofre de perote, a 40 minutos de aquí de Xalapa. Enseguida empieza mi odisea, camino alrededor de 30 minutos hasta llegar a un lugar donde se encuentra la escuela. El auto no puede subir porque es un camino muy accidentado, una ocasión traté en vano de subir y lo único que conseguí fue que se desprendiera el mofles de su lugar. La congregación en donde trabajo es un poblado en paupérrimas condiciones. La mayoría de la gente se dedica al cultivo de papa. Nuestras aulas están elaboradas de madera y láminas de zinc, cuando hace buen tiempo pues a todo dar, pero cuando es tiempo invernal el frio cala hasta las huesos, entra frio por doquier, y aunado a las intensas lluvias, hubo ocasiones en donde mis alumnos y yo teníamos que refugiarnos en otro lado a la espera que las inclemencias del tiempo cesaran su furia. Y no es queja ni mucho menos, pero como me gustaría que nuestras autoridades se percataran de las condiciones en las cuales mis otros compañeros y yo nos encontramos. Hay mucha carencia, los padres de los niños nos facilitan algunas veces mobiliario que hacen de la madera que cortan en el bosque, otras, ellos nos obsequian la comida. Nuestro centro escolar está en condiciones deplorables. Y le comento esto, porque he estado pensando seriamente en mi jubilación. Mis hijos me han dicho que ya a mi edad es para que disfrute a mis nietos y sobre todo a mi esposa que es la que ha estado al tanto de mis odiseas allá arriba, cerca de la montaña. Toda mi vida ha sido allá, en compañía de los pequeños que están ávidos de aprender, de ser alguien en la vida, y después ¿Quién les enseñará? Hoy en día los nuevos profesionistas no quieren salir de la ciudad. Qué va hacer de mis niños? –Y nuevamente sus lágrimas rodaban de una forma más intensa-
Me le quedé viendo a sus ojos, y le insinué a que continuara con tan loable obra que el destino le había puesto como misión, el me insistía que él quería continuar, pero la decisión de decirles NO a su familia era más poderosa y que tarde o temprano iba a tomar tal determinación. Le hice ver los pro y los contra de esa decisión, le comenté que su cuerpo ya estaba acostumbrado a caminar durante un buen lapso de tiempo, así mismo, su organismo necesitaba diariamente de sus dos litros del líquido vital para hidratar su cuerpo. Agachó su cabeza, se llevó sus manos a su rostro, una pequeña sonrisa esbozó, se levantó y me dio un abrazo que hizo que mi ser se cimbrara, fue de esos abrazos que enderezan el alma. Nadie dijo nada. Un apretón de manos y despareció. Pasó el tiempo y ya no volví a saber de él. Hasta que un día, en conocido centro comercial, me encontré a su esposa, la saludé y se me hizo raro no ver al maestro a su lado, aquel, el que siempre prodigaba amor a su familia ahora no estaba junto al amor de su vida. Con cierta pena pregunté ¿Y su esposo? La señora simplemente movió su cabeza en señal de negación, puso su puño sobre su boca y me platicó con una tristeza que hasta un nudo en mi garganta me hizo titubear.-Ay señor, si Ud. Supiera- Por largo rato charlamos, y me comentó que su esposo se decidió por la jubilación, los primeros años fueron de alegría y esparcimiento a lado de su familia, pero dejó de hacer cosas a las que ya se había habituado tales como consumir agua, y su caminata diaria. El sedentarismo empezó a causar estragos en la persona del maestro. Le sobrevino la diabetes, así como un mal renal, aunado a la tristeza que le embargó haber dejado aquel lugar que tantas alegrías le había dado. Únicamente duró cinco años después de su jubilación. Atrás dejó historias que se quedarían para siempre en el corazón de aquellos niños que vieron en el profesor a un mentor, el que les habría dado la posibilidad de aprender a leer y a escribir y encaminarse por el camino del bien. Hoy aquel poblado yace en la montaña, tan lejos de la civilización y tan cerca de Dios.
Nunca supe su nombre, ni lo quise averiguar, simplemente sé que fue un maestro que me enseño que más allá de las aulas, continuaba enseñando a través de sus pasajes de vida.
Edgar Landa Hernández.

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