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Julio 17, 2017

Humberto Valdez da al espectador mensaje violento y nostálgico

Por Judith Navarro

Humberto Valdez, de Jerez, Zacatecas; este lugar, que el poeta Ramón López Velarde diera el carácter de provinciano por antonomasia, no fue su lugar de residencia porque su núcleo familiar estaba asentado en la capital del país; pero sí fue el espacio al que volvería eventualmente a estar tranquilo, a ser consentido. Así, Zacatecas se configura en su imaginario como el origen, la raíz, lo doméstico, lo generoso, a pesar de que no es un espacio cálido, fértil o abundante; por el contrario, tiene un clima bronco: el sol se clava en la piel, pero cuando se esconde, llega el frío extremo (que también cala), no está lleno de árboles, su tierra es árida… y roja.

Después de aprender, enseñar, trabajar, mostrar en muchas ciudades, Valdez decide dar un paso atrás para buscar nuevas formas de estar, de crear, de relacionarse con lo propio, con lo familiar. Este paso atrás implica reaprender, desconectarse de la rutina, de la comodidad de cotidiano para dejar florecer, a pesar de la aridez, nuevos imaginarios, recuerdos y nostalgias. Pero el regreso no es idílico ni inocente: en la obra zacatecana no hay fondos suaves o figuras amables, sino trazos fuertes, personajes híbridos –centauroides-, figuras femeninas deformadas (o inacabadas), lenguas, plumas, formas geométricas, animales agresivos que se asoman entre rostros molestos, sorprendidos, agresivos, lujuriosos, altaneros y acechantes.

Valdez pone al servicio de este retorno varios elementos: encausto, pigmentos, cintas, carbón, agua, tintas, fuego; trabaja en distintos momentos; en algunas piezas es posible ver múltiples capas, escenas que se superponen, y esto implica no una suma, sino una multiplicación de mensajes y de sentido, pues las imágenes se modifican, se recrean y se contradicen recíprocamente, no solamente en los trazos, sino también en la técnica, en los materiales y en lo simbólico. Si estamos de acuerdo en que un cuadro es también un texto que descifrar, un texto con otro lenguaje y con otros medios, reconoceremos que lo anterior pone a nuestra disposición, como espectadores, muy distintas lecturas, y eso es algo que debemos considerar un regalo.

Esta colección de dibujos es un conjunto complejo en el que se mezclan lo onírico, lo barroco, lo transgresor, el horror al vacío y el gusto por la exploración; su observador ideal es un hombre que se regala el tiempo para observar –con ojos abiertos y cerrados– lo que las texturas, las formas, los colores y las combinaciones aportan para conformar un mensaje a la vez violento y nostálgico, una persona dispuesta a encontrar nuevas formas de abordar el discurso gráfico con otras lógicas, otros órdenes, otras posibilidades de inteligibilidad de los trazos y los colores.

*La exposición Rojo desierto de Humberto Valdez se encuentra a la vista del público en la Galería universitaria Ramón Alva de la Canal durante este verano, donde el visitante es bien recibido, con acceso libre.

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